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lunes, 13 de mayo de 2013

Solucionar problemas de forma eficaz en pareja

No es raro que en cualquier consulta me digan que ojalá supieran resolver los problemas que les están haciendo meterse “en un gran berenjenal”, y hasta tal punto es así que la propia mente los engaña y creyendo que solucionan algo “no hacemos más que repetir conductas que nos introducen más en el problema.” (Ya es un paso importante darse cuenta de esto)

No me suelen gustar normalmente las “recetas mágicas”; sinceramente creo que no existen porque lo que realmente cuenta para las soluciones es el trabajo individual y en pareja con el mismo objetivo puesto en ir hacia la solución de las divergencias. Pero, ¿qué hacer? La respuesta es introducirse en la misión de:

Cómo solucionar problemas de forma eficaz

Vanesa Narváez Peralta, Psicóloga, en uno de sus artículos tratando este tema nos dice:

“El hecho de que a lo largo de la vida vayamos adquiriendo cada vez más responsabilidades hace que a veces nos encontremos en situaciones ante las cuales no sabemos con certeza cuál es la mejor manera de reaccionar: estas situaciones en las que la respuesta no resulta evidente es lo que solemos llamar “problemas”.

Ante la evidencia de que el simple hecho de hacerse mayores no hace por sí solo que nuestras habilidades para resolver problemas mejoren, autores como D'Zurilla y Goldfried han ideado unos sencillos pasos a seguir que facilitan mucho el entrenamiento de las mismas. Aunque los “libros de recetas” no siempre resultan útiles para temas tan complejos como éste, este intento de simplificación es lo suficientemente amplio para que cada uno pueda adaptarlo a sus necesidades y problemas particulares. Estos autores presentaron en 1971 su propuesta dividida en cinco sencillos pasos:

Al primero de ellos lo llamaron Orientación general hacia el problema, refiriéndose a la actitud o predisposición que más facilita que acabemos encontrando una buena solución a nuestros problemas. Un primer elemento de esta actitud es el acto de tomar consciencia de que los problemas forman parte de la vida diaria y de que es posible hacerles frente de una forma eficaz. Esta actitud nos permitirá dejar de auto-compadecernos y culpabilizarnos y concentrar toda nuestra energía en encontrar la mejor solución posible. Sería en definitiva decirnos a nosotros mismos: “Vale, esto es lo que hay. Lo que importa ahora es: ¿qué puedo hacer yo para mejorar la situación?” En esta fase resulta igualmente importante evitar caer en dos trampas muy tentadoras que aparecen cuando uno se enfrenta a un problema complejo: hacer como si este no existiera, y responder de forma impulsiva y sin reflexionar.

El segundo paso en el proceso es Definir el problema y marcarnos objetivos realistas. Esta fase resulta crucial para que el proceso llegue a buen puerto, ya que si no tenemos clara la situación ante la que nos encontramos y a dónde queremos llegar difícilmente podremos hacerle frente con éxito. Para lograr definir el problema con claridad podemos hacernos preguntas del tipo: ¿qué es exactamente lo que no marcha bien? Debemos esforzarnos para dar una respuesta lo más concreta posible a esta pregunta (por ejemplo: sería preferible responder “a causa de nuestros horarios laborales mi pareja y yo no tenemos mucho tiempo para estar juntos” que “mi relación de pareja se está yendo al traste”). Una vez definido el problema, el siguiente paso consiste en determinar cuáles son nuestros objetivos. Es importante que estos sean realistas y que esté en nuestras manos conseguirlos. Recuerda: la solución “perfecta” pero no viable es la más imperfecta de todas.

La Generación de soluciones alternativas es la siguiente de las fases que D'Zurilla y Goldfried nos proponen. Se trata de hacer una “lluvia de ideas” sobre las posibles actuaciones que nos podrían permitir alcanzar nuestros objetivos. Como es fácil suponer, la creatividad en esta parte del proceso resulta de gran ayuda. Para aumentarla puedes seguir tres sencillas reglas: escribe tantas soluciones como te sea posible; no juzgues si son buenas, malas o disparatadas aún (eso ya lo haremos más adelante); y por último, contempla la posibilidad de combinar dos o más soluciones anteriores para crear otras nuevas y más variadas.

Llegados a este punto del camino llega la hora de la Toma de decisiones, en la que valoraremos las consecuencias de cada una de las soluciones pensadas para elegir la que nos permita acercarnos mejor a nuestros objetivos. A parte del grado en que cada alternativa nos permita solucionar el problema, debemos tener en cuenta otros criterios igualmente importantes. Uno de ellos es el cómo va a repercutir implementar cada alternativa en nuestro bienestar emocional: en ocasiones puede ser preferible una alternativa un poco menos eficaz que nos haga disfrutar que otra más eficaz pero que nos genere un alto sufrimiento. Otro aspecto a tener en cuenta es la relación tiempo/esfuerzo de las distintas alternativas: si hay dos igual de eficaces será preferible que nos decantemos por la menos costosa.

La última fase del proceso de solución de problemas es la de Verificación, en la cuál ponemos en práctica la alternativa que hemos elegido durante la fase anterior. Después de ello deberemos felicitarnos por el esfuerzo hecho en el proceso y evaluar los resultados obtenidos. Si vemos que éstos no son los esperados podemos repasar el proceso para introducir los cambios que consideremos necesarios.

Como puedes ver, estos sencillos pasos son aplicables a una amplia variedad de situaciones. Las habilidades de solución de problemas no son algo estático que uno tiene o deja de tener, si no que se pueden aprender y entrenar. Es por esta razón por la que aunque en un principio te pueda parecer un poco artificial seguir este proceso, si lo practicas te darás cuenta de que llegará un momento en que te saldrá de forma casi automática: es entonces cuando podrás disfrutar de su máxima utilidad. La próxima vez que te descubras diciendo “No se como hacerlo” recuerda que tienes esta sencilla herramienta a tu disposición.”

martes, 7 de mayo de 2013

La gestión óptima de los conflictos: cuestión de respeto


Aprender a manejar los problemas y lidiar con las diferencias de la pareja es algo fundamental, tanto como el amor, para lograr un matrimonio sólido, duradero y feliz. Todos intentamos aprender, o por lo menos deberíamos hacerlo, el ver cómo poner fundamentos sólidos para un matrimonio duradero.

Pablo y Betty me dijeron que nunca habían tenido una sola discusión, ni siquiera un pequeño argumento. Dicen que se llevan perfectamente y que esperan que su “performance” continúe de la misma forma una vez casados.

Mientras estaba sentado escuchándolos hablar, pensaba: “¿Qué es lo que anda mal con esta pareja? ¿Por qué tratan tan fuertemente de evitar los conflictos?” Me ponía nervioso ver que iban a casarse sin conocer mucho sobre un aspecto crítico de sus relaciones. No tenían la menor idea sobre sus habilidades combinadas para manejar los conflictos.

Los desacuerdos y peleas en una relación son inevitables, y pueden ser beneficiosos o mortales. Si dos personas saben cómo resolver conflictos y sus discusiones han favorecido la profundidad y la madurez de su relación, pues entonces poseen una habilidad magnífica. Pero si no saben cómo lidiar efectivamente con sus desacuerdos, su matrimonio puede ser que sea destruido sistemáticamente. En mi opinión, la mayor razón por la cual muchos matrimonios fracasan es porque no saben de qué forma manejar sus diferencias. Es precisamente por esa razón que se torna tan importante alcanzar de antemano la habilidad para manejar los problemas. Si usted no sabe esto, está tomando un enorme riesgo.

La mayoría de las personas asumen que el no tener conflictos significa que sus relaciones son mejores que si tuvieses algún conflicto. Sin embargo, no pienso de la misma forma. Por supuesto, cuando hay muchos desacuerdos entre dos personas, puede ser que estas sean muy diferentes, y quizás deban considerar el no casarse. Pero las mejores relaciones que conozco son aquellas en las cuales ambas personas son completamente honestas y auténticas. Y la verdad es que no pueden ser de esa forma sin descubrir sus diferencias.

Estas diferencias representan las perspectivas particular que cada uno trae a la relación. Y aunque estas diferencias necesitan ser resueltas, es durante el acto de resolverlas que la pareja puede llegar a conocer y a respetar a su compañero de una forma más profunda.

El grado al que llegue una pareja en su apertura mutua y la autenticidad entre ellos, determinará el grado de complementación y satisfacción. Si esconden sus pensamientos y sentimientos por temor a lo que produzca el conflicto, no pasará mucho tiempo antes de que sobrevengan los sentimientos de pérdida interior y resentimiento del uno hacia el otro.

Las buenas relaciones permiten una cantidad considerable de libertad individual, por una razón u otra. La pareja puede ser que descubra en su honestidad que se parecen mucho, quizás por similitudes culturales y genéticas. O puede ser que descubran que ambos, aunque tienen diferencias, han aprendido a manejar las diferencias para gran beneficio de sus relaciones. Esta es la habilidad que toda pareja debe desarrollar antes de casarse. De otra forma, no podrán tener confianza en la durabilidad de su unión.

El secreto fundamental

Cuando conocí a Russ y a Jamie me quedé impresionado con la forma en que se trataban el uno al otro. Había pasado la primera medio hora de sesión de consejería prematrimonial, cuando llegué a la conclusión de que esta pareja podría resolver casi cualquier diferencia.

A veces hablo conmigo mismo de la siguiente forma: “¿Qué es lo que percibo, qué me hace sentir tan seguro de que esta pareja puede manejar los problemas que vendrán a su encuentro?” Y me sorprendo de lo simple que es mi respuesta: ellos se respetan mutuamente y se respetan a sí mismos. Y es que la solución de los conflictos se encuentra alrededor del respeto mutuo; los conflictos que son dañinos, casi siempre envuelven al menos a una persona insegura y preocupada por sus necesidades individuales.

Pero, ¿cómo sé, con tan poco tiempo, cuánto respeto se tienen las personas por ellos mismos y por los demás? En parte es porque he aprendido a saber lo que estoy buscando. He aquí cómo determino si se respetan a ellos mismos o no: generalmente les formulo ciertas preguntas y observo con mucha atención sus reacciones y respuestas: ¿buscan ellos dentro de sí por las respuestas y toman tiempo para enunciarlas? ¿Parecen estar satisfechos con la forma en que respondieron una vez que terminaron? ¿Dan, acaso, su opinión con confianza? Si lo hacen, lo más probable es que confían en ellos y se respetan a sí mismos.

También observo a la persona que no está hablando para ver cuánta atención presta a su compañero. Trato de observar los gestos de la cara y la cantidad de “contacto de ojos” que mantienen. Esto me dice lo mucho que la pareja se respeta mutuamente.

Las personas se respetan entre sí por la forma en que se hablan y se escuchan, cómo se tocan y hablan el uno del otro en sus conversaciones. La forma en que dos personas se tratan la una a la otra cuando no hay conflictos, es el mejor pronóstico de cómo se tratarán cuando el conflicto ocurra. Y si llego a la conclusión de que se respetan a sí mismos y mutuamente, entonces me siento confiado de que pueden resolver virtualmente cualquier tipo de conflicto que se les cruce en el camino. ¡Así de simple es!

Puede ser que usted se esté preguntando si he simplificado demasiado el fundamento para resolver conflictos. Permítame contarle más de Russ y Jamie. Les pregunté cuán alegres fueron en su niñez, y me contaron honestamente que la mayoría de su niñez fue positiva; también hablaron de algunos momentos negativos. A través de todo esto, se prestaron atención mutuamente como si nunca antes hubieran escuchado la historia.

Luego les pregunté sobre las relaciones con sus padres. La experiencia clínica sugiere que las relaciones de una persona con sus padres –especialmente con su madre– son cruciales para predecir cuán efectivo será él o ella para tener éxito en el matrimonio.

–Era una persona tan cuidadosa... –dijo Russ refiriéndose a su madre-. Tenía ocho hermanos y su familia vivía en una granja. Solo fue a la escuela primaria, pero tenía buenas habilidades para la lectura y la escritura. Ella nunca tuvo mucha autoestima y no me ayudó con mis tareas del colegio, pero siempre estaba apoyándome y elogiando mis logros.

Russ hizo una pausa por varios segundos, para luego continuar:

–Supongo que lo que mejor recuerdo de ella fueron los momentos en que se levantaba conmigo a medianoche cuando me dolían los oídos. Yo estaba en aquella época en quinto o sexto grado. Entonces me sostenía la cabeza, apoyando mi oído en sus faldas y hacía todo lo que podía para consolarme.

Las lágrimas llenaron sus ojos y el nudo en su garganta le impidió seguir hablando.

Jamie no dijo una palabra. Ella solamente se acercó a él y le tomó la mano. A través de su historia los ojos de Jamie estaban fijos en los de él. Ella escuchaba con ese tipo de respeto fundamental para resolver conflictos.

Los problemas son mil veces más fáciles de manejar si dos personas se tienen un respeto profundo una por la otra. Si ese fundamento está presente, las técnicas para solucionar los conflictos pueden ser aprendidas fácilmente. Pero si el respeto no está presente, todas las técnicas del mundo no llegaran a ser suficientes.

Cualquier pareja que pueda lidiar de forma positiva con los conflictos tiene una habilidad de gran valor. Pienso que Daniel Goleman, del New York Times, estaba en lo cierto cuando dijo: “La habilidad de hablar sobre los problemas es más importante que lo mucho que una pareja se ame o lo feliz que eran antes del matrimonio”.

Cuando las parejas no son capaces de lidiar efectivamente con sus diferencias, el matrimonio se convierte en algo muy riesgoso para ellos. Necesitan esperar hasta que hayan remediado sus insuficiencias.

Creo firmemente que cualquier pareja que desea un matrimonio duradero tendrá que aprender a manejar los conflictos de forma constructiva. Si no lo hacen, llegará el momento cuando el camino al amor estará tan sucio con la basura de los desacuerdos sin resolver, que simplemente no podrán caminar por él. Obviamente, el mejor momento para determinar si tienen lo que se necesita para mantener ese camino abierto, es mucho antes de señalar una fecha de boda.

Sobre un artículo de Neil Clark Warren y textos tomados del libro: Cómo hallar el amor de tu vida de Editorial Unilit

jueves, 25 de abril de 2013

Te quiero...¿y nos enfadamos?

Sé que no es una situación deseable, pero nos enfadamos. Nos enfadamos hasta tal punto que no somos capaces de mantener un equilibrio en nuestras relaciones y estas hacen agua por donde las cojamos, porque algo interno se nos mueve hasta tal nivel que no nos deja controlar las situaciones como deseamos. Nos puede. Nos hace ver cosas que no existen fuera pero sí en nuestro interior, hasta tal punto que nuestra histeria puede llegar a dispararse y matar con las palabras que se exhalan como balas mortíferas.

Y no controlamos. Se nos desfigura hasta el alma porque algo dentro se rompe y nuestro pensamiento nos controla, nos maneja como a marioneta inerme, a su antojo.

“La mayoría de las personas pasamos demasiado tiempo enfadadas, aunque sean sólo explosiones cortas de un grito o dos, pero reiteradas. Nos enfadamos con los hijos, con los amigos, con la pareja, con el trabajo, con la vida. Y el enfado es como una batería que se va cargando, cada vez coloca a las partes en posiciones más enfrentadas y hace nuestros esfuerzos más ineficaces. Por si fuera poco, tiene una incidencia directa en un amplio abanico de enfermedades -incluidas las del corazón, presión arterial y otras.”

En los últimos meses me he enfrentado a personas que se enfadan por cualquier cosa y sobre todo con las personas a las que se quiere sin saber aparentemente el motivo por el que se sienten todo este abanico de sentimientos tan contrarios al puro amor que queremos sentir. Hasta yo me enfado (obviamente soy humano además de orientador familiar), pero intento que la duración, el nivel de descontrol y los motivos, no amenacen en exceso mi equilibrio relacional, tanto interno como externo. Para ello reflexiono, me enfrento a la realidad relativa del acontecimiento (siempre se puede apoyar uno en personas, libros, etc.) para asumir y relativizar la situación a niveles suficientes para que el enfado pueda convertirse en ese malestar que soy capaz de verbalizar y confrontar con la persona o con la situación que me lo provoca.

“El enfado supone una negación de la realidad, que no nos gusta y nos hiere. Nos duele como un golpe y reaccionamos con rabia y con agresividad -si podemos, hacia fuera, y si no podemos exteriorizarla, hacia dentro. En cualquier caso, siempre que nos enfadamos algo se altera dentro y reaccionamos atacando en una actitud de defensa. El problema es que esa supuesta defensa, contra quien primero arremete es contra nosotros mismos, ya que se trata de una emoción con incidencia directa en nuestro estado físico y mental. Como el odio, el enfado es "como una piedra ardiendo que a quien primero quema es a quien la lanza".

Nos enfadamos contra lo que no aceptamos.

Nos enfadamos en relación directa al nivel de nuestras exigencias y nuestras expectativas. Y, por el contrario, es inversamente proporcional a nuestro nivel de aceptación. La frecuencia de nuestros enfados nos proporcionan, pues, una pista clara de nuestra capacidad de tolerancia y aceptación; asimismo, el objetivo de nuestros enfados identifica nuestros puntos flacos emocionales y cuáles son las personas y situaciones en las que deseamos ejercer un mayor control.

Por ejemplo, hay personas que tienen una relativa paciencia en los conflictos laborales y difícilmente pierden la sonrisa con sus amistades y, sin embargo, cuando están con sus hijos, o con la pareja, las explosiones son frecuentes y el grito fácil. Esto no significa que sus hijos o su pareja le traten peor que el resto del mundo -si bien generalmente el enfado va asociado a la autocompasión, la victimización y una idea latente de injusticia contra la que nos rebelamos. Sin embargo, por mucho que insistamos en culpabilizar al objeto de nuestros enfados, el mensaje claro que deberíamos observar es que tenemos un conflicto de aceptación con esa persona o situación en concreto, y más profundo cuanto mayor es la intensidad de nuestro enfado.

El primer test que deberíamos plantearnos consiste, por consiguiente, en detectar las personas o situaciones con las que nos alteramos con más frecuencia.

Si la respuesta es "todo" (las obras en la calle, la escuela de nuestros hijos, los tics de nuestra pareja, o de nuestra expareja, el carácter de nuestros hijos, las "traiciones" de nuestras amigas o las chapuzas del gobierno), significará que necesitamos una buena dosis de reflexión y, probablemente, cierta ayuda externa (libros de filosofía o autoayuda, técnicas de relajación...) que nos posibiliten una perspectiva más abierta y nos aporten una buena dosis de amor para mirar y relacionarnos con el mundo que nos rodea. Si, por el contrario, los objetos de nuestro enfado son pocos y claramente identificados, nos estarán señalando los puntos flacos de nuestra inteligencia emocional. Lo que más nos duele. Lo que no controlamos y queremos desesperadamente dominar.

A mayor ego, más motivos para el enfado.


Otra pista clara que nos presenta la frecuencia e intensidad de nuestros enfados tiene relación con el tamaño de nuestro ego. Cuanto más grande es nuestro ego, más inflado y gigante, más fácil es que cualquier acontecimiento lo perturbe. Cualquier movimiento exterior puede tocar su sensible piel en carne viva. Un gesto de disgusto de alguien es considerado una ofensa (sin pensar que esa persona puede tener un millón de motivos presentes en su vida, aparte de nuestra mera presencia); una mirada puede resultar hiriente, todas las palabras, gestos o actitudes de nuestro entorno pueden entrar en confrontación con un ego demasiado hinchado al que todo le toca.

El filósofo tolteca Miguel Ruiz nos recuerda, en uno de sus cuatro acuerdos, la importancia de "no tomarnos nada personalmente". Cada persona vive su vida como una película en la que ella es la protagonista y el resto son meros figurantes. Cada cual intenta resolver sus miedos, sus carencias y sus pequeñas miserias lo mejor que puede, y sus reacciones ante el mundo y ante la vida tienen más que ver con eso (con sus miedos, frustraciones y, finalmente, con su propia búsqueda) que con nosotros, pobres figurantes que simplemente pasábamos por ahí.

No somos tan importantes, o tan gigantes, o tan presentes en la vida de todo el mundo como para que cualquier cosa que digan, miren, piensen o sientan tenga que ver precisamente con nosotros. Desde el momento en que comprendemos esto (que cada persona está en su propia búsqueda, afrontando unos problemas y unas limitaciones concretas en cada momento dado, y resolviéndolo lo mejor que puede) nos sentiremos menos afectados personalmente por las opiniones o actitudes ajenas. Y probablemente haremos uso de una paciencia más sincera, y sin esfuerzo, asentada en la comprensión y el amor.

Porque al fin y al cabo, ¿no es ésa la propia historia personal, la de cualquiera? El crecimiento es como un parto difícil, una retahíla de contracciones dolorosas, que cada cual vive a su manera. Y en cada una de ellas, a veces perdemos las formas.

Controlar versus reprimir.


Cuando sentimos las consecuencias del enfado (la presión alta, dolor de cabeza, la garganta irritada tras los gritos y, sobre todo, el aplastante peso del mal rollo, la culpa y la ausencia de amor), a menudo nos preguntamos, ¿por qué es tan difícil controlarlo? ¿Por qué se me va de las manos por mucho que me proteja y me empeñe en que "esta vez no me desbordará", que "esta vez tendré paciencia y mantendré la calma"? El maestro budista Kelsang Gyatso considera que la respuesta está en que nuestra paz interior es muy débil, por lo que nos supone un gran esfuerzo alcanzarla, aun momentáneamente, y mucho más mantenerla. Por el contrario, todas las causas de rechazo y sufrimiento que hemos establecido en nuestra mente (ego, apegos, competitividad, territorialismo, exigencias...) son muchas, muy diversas y muy fuertes, presentándonos continuas oportunidades de dolor y frustración.

Nuestros hábitos cotidianos de pensamiento, palabra y comportamiento afianzan continuamente nuestras tendencias más destructivas mientras que el supuesto objetivo primero y prioritario de felicidad/paz interior se pierde en el camino y nos desentendemos de él. Y lo desatendemos.

Cuando el budismo, la Terapia Racional Emotivo Conductual (TREC) la Gestalt o un sinfín de filósofos de todos los tiempos nos recuerdan, por tanto, la necesidad de un pensamiento racional que nos ayude a controlar las emociones que nos traicionan y a fortalecer las que se presentan como nuestras mejores aliadas, nos están señalando una estrategia que no tiene nada que ver con la represión de los sentimientos.

"Controlar el enfado no es lo mismo que reprimirlo. Esto último lo hacemos cuando ya domina nuestra mente, aunque no lo reconozcamos. Pretendemos no estar enfadados y controlamos nuestras acciones, pero no el odio propiamente dicho". (C. Longaker)

Cuando reprimimos los sentimientos, las emociones o los pensamientos, no dejamos de sentirlos. Una amiga nos dice algo que nos molesta profundamente y callamos para evitar el conflicto. Reprimimos un impulso que podría conducirnos a una situación de conflicto que no deseamos, pero no lo controlamos, porque el sentimiento está ahí (nos molesta), y probablemente siga estando con más fuerza, calentándose como una olla a vapor conforme surgen reiteradamente situaciones similares que nos dolerán cada vez más y más, hasta que llega el momento del estallido. Momento que siempre llega, ya sea hacia fuera (con toda la larga lista de resentimientos archivados) o hacia dentro (con dolores de cabeza, insomnio, gastritis y alteraciones varias de la salud).

El control, por otra parte, no implica represión ni dolor alguno. Podemos callar o podemos responder ante el supuesto "ataque" de nuestra amiga, pero no hay molestia ni dolor si simplemente comprendemos y aceptamos. Si no sentimos la herida, probablemente lo que digamos, con amor, no será hiriente. En ese momento en que realmente controlamos nuestra mente (nuestros pensamientos, nuestras emociones) no experimentamos dolor, y por lo tanto no hay nada que reprimir. Y consecuentemente, no hay motivo para el enfado.

El arte de "pensar mejor para vivir mejor" consiste en el arte de controlar nuestro pensamiento (y por consiguiente nuestras emociones) sin olvidar en ningún momento nuestro objetivo prioritario (ser felices, nuestra paz interior). Con la práctica acaba convirtiéndose en una actitud espontánea y sin esfuerzo. Y ya no hay nada que controlar. Ni mucho menos reprimir.

"Nuestra tarea en la vida es aprender a amar. Y los ingredientes más útiles para aprobar la asignatura residen en la comprensión y la aceptación".(C. Longaker)

Con la idea de documentar todo lo que comparto con vosotros (y con mi propio diálogo interno, fundamental) en este tema que trato hoy, me apoyo en los escritos de Christine Longaker, maestra de cuidados espirituales (área que en esta sociedad estamos descuidando en exceso) y en artículos de Marié Morales, en su página http://crecejoven.com.

lunes, 15 de abril de 2013

El milagro y en el momento justo…lo haces tú


Yo mismo podría haberlo escrito y haberlo expresado como lo he leído en un artículo de Graciela Large de 7 de octubre de 2012. Sí, podría haberlo escrito y con las mismas palabras, porque coinciden tiempos de dedicación y experiencias con los clientes que asisten a consulta.
Habla del cambio…; de ese cambio que nadie quiere hacer pero que a muchos se les presenta en sus vidas y aceptan esa oportunidad que les vuelve a brindar para adaptarse. Y ellos creen que es un milagro, cuando realmente son sus mentes, sus corazones y todo su ser los que se han movilizado para crear un mismo yo igual y distinto que aprovecha la fuerza del viento, del suceso, para acomodar sus espejos de forma que, en esa nueva posición, logren captar el sol necesario para calentar sus corazones enfriados por la zozobra. Y lo hacen, lo viven, lo logran al poner su energía y voluntad a trabajar para ellos mismos buscando el principio de la autoconciencia y el autoconocimiento.

"De las personas que vienen a mi consulta admiro dos cosas: se adaptan a lo que pide la situación, y se aceptan a sí mismos. Su propósito es cambiar. Y saben que tal como están ahora no es lo que quieren.

La herramienta es el autoconocimiento. Permite desmotar creencias limitadoras, y sobre todo, encontrarse con la zona en penumbra, lo que, a la larga es el origen soterrado de nuestras crisis, sean afectivas, laborales o personales.

Cierto que un primer momento, la tentación es asociar esa penumbra a algo malo, que además parece que soy yo. Sin embargo, consiguen ir más allá. En ocasiones en una sola consulta algo ha resonado dentro de ellos que les ha llevado a conectar con el Yo puedo salir de esta situación.

Y cada vez que sucede me sorprende.

También me ocurre, que cuando pasado unos años sin contacto y les vuelvo a ver, compruebo que han construido su vida, enriqueciéndola de matices que en un primer momento eran insospechados por ellos mismos.

Me enseñan algo fundamental: el amor por la vida, y de lo que reciben, toman aquello que necesitan. Mi función es facilitar una información que cada uno sitúa en perspectiva, como quiere y puede.

Y cuando esto sucede, aunque la situación haya sido salir de una agorafobia, o una infidelidad que parecía que mandaba todo al traste, o el superar el vivir sumido en una depresión, compruebo que cada uno hace el milagro.

Lo que más admiro de las personas que vienen a consulta es su libertad para asumir riesgos con independencia de lo que aprenden, y sobre todo, el apostar por lo que quieren.

El propósito con el que conectan en el proceso, a partir del autoconocimiento, les da la fuerza para transformar paso a paso aquellas cosas que un principio les limitaban, o para potenciar otras.

Llevo doce años en este proceso de acompañar a las personas y desde el primer instante me siguen sorprendiendo. Al principio tenía algún conocimiento, ahora tengo algo más, y unas cuantas herramientas, y pese a todo, confirmo que son ellos quienes hacen el trabajo.

Y es cierto. Mi propia experiencia me dice que los cambios son como un motor personal que nos sintonizan a uno mismo y a la propia realidad, y son consecuencia de un propósito único que sólo lo entiende y lo descifra quien lo tiene. Y es el tesoro escondido en cada uno de nosotros.

Sin embargo, una palabra, una frase, o una vivencia pueden desencadenar procesos favorables en otras personas, al despertar ese propósito. Y también, esa capacidad de estar en el momento justo, es la cualidad que más admiro en quienes se dedican a acompañar a otros, sea cual sea su actividad.
Algo que hace un terapeuta, un padre o una madre, y también un maestro. Viene bien tenerlo presente."

lunes, 25 de marzo de 2013

Pareja...sí...no...¡Debatamos!


A todos nos gustaría solucionar nuestros problemas con nuestra pareja, es obvio, pero muy pocos deciden invertir su energía y su trabajo en realizar un proceso de reflexión sobre los motivos que nos han llevado a esta situación que nos “revienta el alma” y que nos sitúa en un precipicio del que no sabemos si saltar o disponernos a salvarnos. No sabemos salir y nos regodeamos casi en esta situación llegando a victimizarnos hasta tal punto que llegamos a creernos que la solución pasa por que el otro, nuestro compañero o compañera, cambie su dimensión “egoísta” de ver las cosas y nos de las soluciones que vemos tan sumamente fácil de tomar; él debería cambiar y todo iría bien…

La realidad es otra muy distinta porque nos vemos incapaces de mover nuestras propias fichas y así no conseguimos más que volver a repetir el modelo de conducta, si decidimos romper, con otra persona con la que decidamos volver a iniciar una vida en pareja. Va a ser más de lo mismo. Amar a un divorciado o divorciada puede ser un éxito si ese hombre o mujer ha elaborado su anterior relación, pero un fracaso si cree que es su anterior mujer o marido el o la responsable único/a de la ruptura.

Muchas veces he comentado que uno de los mayores problemas es la no aceptación del otro, el querer, pese a quien pese, cambiar al otro y su pensamiento, para que sea lo que yo quiero que sea. Pero, y según Ángeles Sanz, psicóloga clínica, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en parejas, 'nunca hay que mantener la esperanza de cambiar lo que piensa el otro, porque eso sólo provoca frustración'.

Hemos perdido la capacidad de comunicarnos de forma eficaz, la capacidad de lucha por aquello que nos merece la pena, la capacidad de reconocer que nuestra opinión no es necesariamente siempre la acertada, y, sobre todo, la capacidad de negociación para hacer que la convivencia y el amor sigan confeccionando la urdimbre que antaño se formó para crear aquella célula primigenia que fue nuestra pareja. Amar es un sentimiento pero también es una actitud que se aprende amando.

Ángeles Sanz, aconseja:

- Para hablar de lo que discrepamos hay que empezar por tratar aquello que compartimos.

- Si estamos en desacuerdo en algo no hay que quejarse, sino plantear alternativas con las que estaríamos de acuerdo.

- Hay que evitar la dinámica de decir a todo 'no me gusta', 'no quiero' y 'esto está mal'.

- No debe pensarse: 'Es un imbécil por opinar así'. Él o ella son así porque han aprendido una serie de patrones, que se deben a su evolución y a su educación, y que no pueden evitar.

- No hay que aguantarse y hacer como si nada pasara, porque al final eso pasa factura.

- Hay que ser conscientes de que para llegar a un acuerdo ambos deben ceder en beneficio de la pareja.

- También cree que hay que desmitificar a la pareja: 'Hoy parece que la relación tiene que ser perfecta, y eso no es así. Uno puede vivir bien en pareja aunque no lo tenga todo. Hay días en que el otro te saca de quicio, y eso es normal, no por eso hay que dejarle. Hay que pedir o ir trabajando lo que uno quiere, porque todos cambiamos con el paso del tiempo'.

Juan José López Nicolás

martes, 26 de febrero de 2013

Poner la culpa en el otro


(Enfrentar problemas. Asumir responsabilidades.)

"La culpa es un sentimiento que duele, se siente feo en el cuerpo y en el alma. Tal vez por eso, los seres humanos tendemos muchas veces a poner la culpa y la responsabilidad en el otro.Parece que siempre hay un factor externo, humano o no, que es el responsable de nuestros propios errores y no siempre es así.

Es difícil enfrentar el error, el saber que nos equivocamos, que hemos sido nosotros y nadie más que nosotros los que hemos lastimado a alguien, ofendido, agredido, etc.

Como un mecanismo de defensa, uno tiende a pensar siempre que otro tuvo la culpa de lo que pasó, que alguien o algo es el responsable.
¿Por qué nos es tan difícil asumir nuestros propios errores? Dicen que errar es humano, pero admitirlo y hacerse responsable de ello pareciera que no mucho.
Sería interesante pensar por qué nos cuesta tanto mirar hacia adentro y asumir la responsabilidad de un error.Por más que duela, esto nos enriquecería más, porque sólo siendo consciente de lo que uno ha hecho, puede modificarlo.

¿No sería mejor hacerse cargo de un error y poder pedir perdón por ello? Estoy seguro de que sí; el hecho de hacerse responsable de lo que uno ha hecho nos hace también más humildes. Pedir perdón no es rebajarse ante el otro, por el contrario, es un acto muy grande, muy digno, que reconforta al que ha sido lastimado y al que ha lastimado también.

Asumir una equivocación nos acerca al otro, es como decirle "aquí estoy, con mis errores y limitaciones, éste soy yo". Si ponemos siempre la responsabilidad en los demás, es como estar en la vereda de enfrente a todos. Hay que cruzar la calle del orgullo, hay que unir las distancias que nos marca la soberbia. Así y sólo así estaremos realmente junto a nuestro hermano.

Es una realidad que, en líneas generales, en el mundo que vivimos tendemos a pensar que la culpa (aunque suene fea la palabra) la tenga el otro. Creo que este fenómeno que se está dando tiene que ver también con una gran dificultad en asumir responsabilidades, del tipo que sean. Parece que en ese sentido, hemos involucionado y nos hemos vuelto más reticentes a enfrentar una responsabilidad.

Por ejemplo, de lo malo que ocurre en el país, la culpa siempre es del gobierno, cual si fuera algo extraño a nosotros. No se nos ocurre pensar que, viviendo en democracia, ese mismo gobierno ha sido elegido por nosotros (o la mayoría en rigor de verdad). Más allá de que muchas veces es así, y los gobiernos no cumplen con sus promesas, sería bueno pensar qué partecita de esa responsabilidad nos atañe y lo que sería mejor aún, que parte, por pequeña que sea, podemos cambiar.

Si un niño tiene problemas en el colegio, nos es más fácil pensar que no tiene buenos maestros, que no le enseñan bien, que el sistema educativo es malo y tantas otras cosas. Y, más allá de que algunas cosas podrían cambiarse al respecto -es verdad- deberíamos pensar que el niño se forma primero en el seno familiar y de allí sale al mundo, con las armas que nosotros, como padres, le hemos dado.

Esta conducta también se ve en la faceta profesional o laboral. Repito, más allá que realmente haya muchas cosas que cambiar en el país, que muchísimas personas no tengan condiciones de trabajo dignas y que no haya oportunidades para muchos, en algo, por pequeño que sea, podemos llegar a tener parte de responsabilidad y si logramos verlo, podremos cambiarlo.

Quejarnos de no ganar un sueldo digno, de no tener una realidad laborar como la que creemos merecer es una triste realidad en la Argentina. Sin embargo, creo que en algunos casos, podríamos preguntarnos qué hemos hecho nosotros para lograr llegar al objetivo que perseguimos. ¿Hemos luchado por ello o nos ha resultado más fácil quedarnos con lo que nos tocó y luego quejarnos?

En todos los aspectos de la vida uno acierta y se equivoca. Somos humanos y así funcionamos. Creo que lo realmente importante es tener la suficiente apertura y humildad de corazón para empezar a ver nuestras propias carencias, falacias, etc. Proponernos mirar un poco más hacia nuestro interior y no salir a buscar la responsabilidad por ahí. Es probable que de muchas cosas no seamos los artífices pero de otras sí.

El orgullo y la soberbia no son buenos compañeros, no está mal aceptar que uno se equivocó, no es agachar la cabeza, por el contrario, es erguirla con el propósito de ser mejor. No se es mejor por no equivocarse, se es mejor haciéndose verdaderamente responsable del error y con la intención de cambiar.
Jesús nos enseño a ser humildes, esa humildad de corazón implica saberse cómo uno es: falible, débil, pero por qué no también lo suficientemente fuerte para asumir los errores y pedir perdón si es necesario.

Intentémoslo, miremos un poquito más hacia nosotros y nos daremos cuenta que asumiendo las equivocaciones en primera instancia, tratando de capitalizar lo vivido y aprendiendo de los errores creceremos mucho más de los que pensamos.
No se trata de tener una actitud culposa ante la vida, eso tampoco sirve ni enriquece, pero sí una actitud humilde y responsable.
Tratemos de hacernos cargo de nuestras cosas y ver primero qué parte de responsabilidad tenemos nosotros en aquello que nos molesta, incluso del otro, pensemos también qué actitudes generamos nosotros con nuestras conductas en las demás personas.

Creo que ése será un buen camino para crecer espiritualmente y acercarnos al otro, ya que en la verdadera humildad está la grandeza de espíritu."

No hemos de olvidar que cuando cambiamos nosotros cambia todo lo que nos rodea; si algo no ha salido bien en una planificación, en una labor, y otros han de opinar sobre ella e incluso son los que deciden si seguimos junto a ellos o no, no podemos repudiar ni dejar de contemplar la parte que en nososros ha tenido el efecto de causar esa reacción en los demás. ¿Qué he hecho yo para que el otro reaccione de esa manera?
Miremos nuestro interior antes de sacar las peores expresiones hacia fuera.

Extraído de la página

lunes, 11 de febrero de 2013

Te Amo cuando te escucho


Hace mucho tiempo que no consultaba los escritos de nuestra colega Graciela Large, y en este momento acabo de leer uno que desearía compartir con vosotros. Precisamente trata el tema de la Escucha, pero escuchar de verdad, de esa manera que solo sabe escuchar alguien que no está preparando una respuesta para arrojarte como un arma letal. De esa manera que solo sabe escuchar quien ama al otro, pero de verdad y no de esa manera que creemos que amamos pero realmente nos sentimos dependientes y no tenemos el amor con nosotros; ese amor que rompe las ataduras y te hace sentir libre amando a esa persona que elegiste. ¿Quiero querer o necesito sentir que quiero para no sentirme solo o sola?
Refexión obligatoria pero que no hacemos porque tenemos mucho miedo de encontrar la respuesta verdadera que tal vez no nos guste. Nos engañamos. ¿Nos engañamos?

También se refiere al Amor como instrumento facilitador y elemento acercador de posturas. Que os aproveche y a ver si os es útil.

"La disponibilidad es un valor esencial para acoger al otro y a uno mismo. Una actitud que necesariamente tiene doble dirección: lo hago primero conmigo y luego con el otro.
Un carril con sentido doble cuyo resultado es el Amor. Ninguna persona se siente amada si no hay escucha. Y la escucha es el resultado de ese matrimonio donde estoy disponible y te acuno. Soy permeable a tus palabras, a tu visión de la vida y a la autoridad que tienes sobre lo que quieres.
Es la incondicionalidad del amor cuando nos hacemos adultos.
Suena muy bien. Algo que en el fondo de nuestros corazones deseamos. Sólo que lo deseamos, lo buscamos y hasta lo exigimos para nosotros, sin saber que pedir lo que no estamos dispuestos a lograr, es un mensaje de carencia para cualquier persona y para la propia mente.
Es un mensaje agorero. Alguien vendrá, salvo que esperará lo mismo que tú. La insatisfacción será el virus latente que se encube en cada encuentro.
Si hay alguna exigencia en el amor esta sería la escucha. Una escucha donde jamás uno se pierde a sí mismo para justificar el miedo a la pérdida o el abandono. Entonces se escucha lo que nos hace bien, lo mejor para ambos, enfocados a encontrar soluciones y respuestas.
Si me acostumbré a la crítica, a callarme porque estoy enfocado en ver lo malo, y a no vivir desde lo mejor de mi mismo, mi persona desconoce la escucha como una herramienta del amor a uno mismo.
Una persona que se enfoca en la queja, el reproche y el juicio vive de espaldas a la escucha y no sabrá cómo darla a su pareja.
La Escucha como expresión del amor incondicional sabe que hablar de lo que está mal hace crecer el problema y lo sitúa dentro de las personas. Lo hagamos a solas o con otro. Dentro de cada uno están las respuestas y la solución.
Hacerlo es una pérdida de tiempo que aleja a las personas, polarizándolas, levantando murallas de frialdad e imposibilita encontrar salidas.
La disponibilidad que acoge se orienta a la aceptación de cualquier proceso, reconociendo que éste va unido a cualquier decisión o compromiso que asumamos. Y en ese proceso hay retos, situaciones que nos sacan de nuestra zona de comodidad, y la escucha permite poner el foco en nuestras fortalezas.
Amar incondicionalmente es un ejercicio de darnos y dar Escucha desde lo mejor de nosotros."

viernes, 14 de diciembre de 2012

Cuando la pareja no marcha…¿qué hacer? (La diferenciación del yo)

Dicen que cuando uno está receptivo, cuando uno está inmerso en problemas y se sumerge en la propia realidad para avisarse de que es conveniente ocuparse de su propia vida, comienzan a surgir ante la propia vista interior conceptos y avisos que dan soluciones para reflexionar sobre tu estado. Eso pasa…, os lo digo yo…Y estando en este estado conscientemente inconsciente para mirar dentro de mí, y en plena búsqueda, me surge este artículo que comparto para uso y disfrute del que lo necesite. ¿Eres tú?...Tal vez…Así comienza y ya me dirás al final qué te suscita.

“Un primer paso para entender nuestras dificultades en las relaciones íntimas es valorar hasta qué punto nuestro «yo» está bien diferenciado, es decir, hasta qué punto tenemos una identidad autónoma, definida desde nosotros mismos, y somos capaces de asumir verdaderamente la responsabilidad por los propios sentimientos, pensamientos y acciones, en lugar de poner esa responsabilidad en los otros (padres, cónyuge, etc.).

A partir de las relaciones tempranas en nuestra familia de origen, y sobre todo de los vínculos intensos de dependencia hacia nuestros padres, vamos desarrollando un concepto de nosotros mismos. En un primer momento, en nuestra infancia, este autoconcepto dependerá fundamentalmente de la aprobación y el cariño de nuestros padres. Posteriormente, vamos siendo capaces de actuar, pensar y sentir autónomamente.

Llega un momento, a partir de la adolescencia, en que cuestionamos la relación con nuestra familia y la visión de nosotros mismos que nos hemos formado a partir de esa relación. Formamos entonces nuestra personalidad adulta escogiendo o identificándonos con aquellos aspectos de nuestra familia que consideramos positivos (estilos de comunicación, de relación, de resolución de conflictos, valores, creencias, costumbres, etc.) y, a la vez, definiendo otros aspectos en los que escogemos estilos de funcionamiento distintos. Llegamos también, a partir de ese proceso, a desmitificar a nuestros padres, hasta que somos capaces de verlos con objetividad y establecer con ellos una relación adulta. El resultado final de este proceso es lo que llamamos un «Yo» bien diferenciado: una capacidad para combinar la autonomía y la intimidad y para establecer relaciones en las que no repitamos problemas sin resolver que tengamos aún pendientes con respecto a nuestra familia de origen.

¿Cómo sabemos si hemos completado o no este proceso? Podemos ver hasta qué punto nos identificamos con las características de una persona bien diferenciada, que serían las siguientes:

—La capacidad de separar los pensamientos de los sentimientos. Ser capaz de estar en contacto con los propios sentimientos, por muy dolorosos o intensos que sean, pero no dejarse inundar o dominar por ellos. Ser capaz de pensar y analizar las cosas con calma.
—Capacidad de mantenerse conectado emocionalmente con las personas significativas del entorno. No cortar la relación por completo cuando ésta se vuelve difícil, como si eso resolviese los conflictos.
—Tener una visión realista de uno mismo, de los propios fallos y cualidades. Es importante tener una especie de «plan de vida», es decir, haberse planteado qué es lo que uno realmente piensa, quiere, cuáles son sus necesidades, sus prioridades, sus valores, etc.
—No tener temas tabú: poder hablar de asuntos significativos y difíciles con las personas de nuestro entorno, y mantener una postura clara con respecto a ellos.
—Respetar la individualidad: tolerar las diferencias de opinión con personas significativas sin intentar convencerlas ni abandonar las propias creencias. No sacrificar «Yo» por la relación, ni esperar que el otro lo haga.
—Actuar en función de uno mismo, de lo que uno piensa y quiere, no de una forma impulsiva o movida por la ansiedad, sino de forma pausada y racional. Todas estas características facilitan las relaciones íntimas. La falta de diferenciación, por el contrario, dificulta nuestras relaciones:
—Reaccionamos con más ansiedad ante problemas o dificultades en la relación. Nos sentimos más atrapados, menos dueños de nuestras acciones y estados de ánimo. Pensamos que es el otro el que provoca nuestras reacciones o sentimientos.
—Actuamos de una forma reactiva, como provocada por la puesta en marcha de un piloto automático. No nos observamos ni pensamos con calma en nuestra forma de actuar.
—Nos distanciamos, o ponemos demasiada intensidad negativa en la relación. Nos empeñamos en repetir una y otra vez las mismas pautas de relación que no funcionan, y que suelen estar basadas en conflictos sin resolver con nuestra familia de origen. Por ejemplo, puede que nos distanciemos del cónyuge para intentar evitar las peleas, tal como hacíamos con nuestros padres; puede que pretendamos encargarnos de solucionar los problemas del otro, o que nos mostremos indefensos para que el otro venga en nuestra ayuda, si ésos eran los roles que teníamos asignados en nuestra familia.

Tipología

Después de evaluar nuestro grado de madurez o diferenciación, un segundo paso para entender cómo podemos mejorar nuestra relación de pareja es identificar dónde se ha «atascado». ¿A qué tipo de pareja, de entre las presentadas a continuación, se parece más la nuestra?

1. La pareja en la que los dos se distancian

Esta pareja sería aquella en la que los cónyuges tienen poco contacto emocional entre sí: pasan poco tiempo juntos, no hablan apenas, tienen únicamente amistades y actividades independientes uno del otro, apenas tienen relaciones sexuales, desconocen cómo piensa o siente el otro en asuntos importantes, etc. Como les produce angustia o malestar el enfrentarse a las dificultades de relación o tratar determinados temas con su cónyuge (problemas sexuales, infidelidad, necesidad de un espacio propio, etc.), evitan esa angustia mediante la distancia física o emocional. Este distanciamiento no se debería tanto a una falta de amor o de sentimientos por el otro, sino que sería una señal de que los cónyuges se sienten demasiado «atrapados» o angustiados; no son capaces de ver claramente qué les ocurre, ni de mantener la calma para afrontar un diálogo difícil. En definitiva, su falta de diferenciación es lo que interfiere en la relación.

El caso extremo de esta distancia suele darse en las relaciones con la familia de origen, cuando cortamos por completo el contacto con algún miembro de la familia con el que quedan pendientes conflictos sin resolver. Esto suele ocurrir porque «nos saca de quicio», porque su mera presencia o mención provoca una reacción emocional automática fuerte, que nos impide actuar pausada y racionalmente. Es decir, estamos tan poco diferenciados o independizados de esa persona que necesitamos la distancia física para tener la sensación de que somos autónomos.

En la pareja, ese tipo de distancia se suele dar mediante un «triángulo»: cuando el ambiente emocional se va haciendo tenso, uno o ambos cónyuges buscan, consciente o inconscientemente, una persona, tema o situación -un «tercero»- que les sirva de foco de conflicto y que distraiga su atención y energía de los problemas maritales. Este tercer vértice del triángulo puede ser un hijo problemático, una «aventura» extramatrimonial, el trabajo, los suegros, el dinero, el consumo de alcohol de uno de los cónyuges o, en general, cualquier asunto sobre el que los cónyuges puedan estar en desacuerdo y pelearse. De esta forma, el «problema», aparentemente, no es ya la relación de pareja, sino otro asunto menos amenazante. Todos podemos identificarnos con este tipo de «estrategia» en aquellas situaciones en las que evitamos el contacto con personas significativas cuando la relación se hace tensa, o acabamos peleándonos por asuntos irrelevantes que nada tienen que ver con la causa de nuestro malestar.

2. La pareja en la que uno se distancia y el otro le persigue

En esta pareja, uno de los cónyuges expresa el deseo de mayor autonomía (típicamente, el hombre), y el otro el deseo de mayor intimidad (típicamente, la mujer). Cada uno está convencido de que la culpa de que la relación no «marche» la tiene el otro. Él se queja de que ella «le agobia», «es una histérica», «no le deja en paz»...; ella se queja de que él «nunca quiere hablar», «no siente nada», «es como una maquina»...

El cónyuge perseguidor intenta, cuando se encuentra angustiado, conseguir mayor intimidad en la relación; insiste en la importancia de hablar de los problemas; tiende a interpretar la distancia del otro como un rechazo; suele perseguirle con gran empeño y, posteriormente, si el otro no responde ante ese acercamiento, retirarse como una forma de «castigo». El otro cónyuge, el que se distancia, suele reaccionar ante esas mismas situaciones de estrés o ansiedad alejándose física o emocionalmente, o incluso constando por completo la relación cuando ésta se vuelve demasiado problemática o intensa. Suele verse a sí mismo como autosuficiente o independiente, y se siente «asfixiado» por la persecución del otro. Aunque tiene necesidad de relación y de intimidad, le resulta difícil expresar su parte más «dependiente».

Distribuidos así los roles, la relación se convierte en una especie de persecución-huida sin fin. Cada cónyuge se ve atrapado en un papel del que no sabe salir, y actúa de una forma reactiva ante cada acción del otro. Con frecuencia están, en realidad, reaccionando ante dificultades de relación en su familia de origen, tanto para tener intimidad como para conseguir autonomía. Siguen empeñados, por ejemplo, en buscar compulsivamente esa intimidad que no vivieron, o en mantener a toda costa una sensación de independencia que no pudieron lograr en su familia.

Estrategias para mejorar

En primer lugar, es importante hacer un auto-análisis y ver hasta qué punto necesitamos definir mejor nuestro «Yo». Para ello podemos hacernos preguntas como: ¿Qué situaciones nos crean ansiedad? ¿Podemos actuar con calma ante situaciones conflictivas? ¿Somos capaces de asumir la responsabilidad de nuestro propio bienestar, o tendemoa delegarla en el otro? ¿Perdemos «Yo» en las relaciones (es decir, sacrificamos nuestras necesidades por el otro)? ¿Ganamos «Yo» a costa del otro (es decir, intentamos que el otro se acomode a nosotros)? ¿Estamos en contacto con nuestras necesidades tanto de autonomía como de intimidad? En general, ¿tenemos claro lo que pensamos y queremos, o nos resulta confuso? El trabajo personal por aclarar estas cuestiones nos llevará a estar mejor preparados para aportar más a la relación de pareja.

El segundo paso para mejorar la relación sería entender de qué forma estamos manteniendo el problema. Podemos revisas las descripciones de tipos de parejas del apartado anterior y preguntarnos: ¿En qué papel nos encontramos con más frecuencia: perseguidor, evitados, super-competente, etc.? ¿De qué forma contribuimos a las reacciones del otro que tanto nos molestan? Debemos preguntarnos: ¿qué ventajas y desventajas tiene desempeñar ese papel? Por ejemplo, el ser perseguidor puede tener como desventaja la frustración y vacío que se sienten al no conseguir lo que uno quiere del otro; como contrapartida, uno se ve a sí mismo como el que cuida de la relación, y se siente bien por ello. Además, evita enfrentarse a otros motivos de insatisfacción en su vida (por ejemplo, en el trabajo, con sus amigos, etc.) De igual forma, el ser, por ejemplo, el «débil» o «incompetente» en la relación tiene la ventaja de que así se atrae uno la atención del cónyuge, y no se arriesga a que, si llegara a mostrarse más fuerte, el otro lo vea como una amenaza o no lo tolere. De esta forma, el «débil» cuida al otro y la relación, que valora más que su propio bienestar.
Cualquiera que sea el papel que juguemos en la pareja, debemos pensar que lo hacemos por alguna razón válida, que es preciso entender antes de plantearnos cualquier cambio. En general, esas razones tienen que ver con el aprendizaje de las relaciones en nuestra familia de origen. En este sentido, podemos preguntarnos si nuestro papel en la pareja es parecido al que desempeñábamos en otras relaciones anteriores, con los miembros de nuestra familia. ¿O quizá estamos en el presente haciendo todo lo posible para evitar que se repitan experiencias anteriores (por ejemplo, evitando la intimidad, debido a una relación «agobiante» con nuestros padres)? ¿Quién, en nuestra familia, tenía en sus relaciones problemas similares a los nuestros? Las situaciones de pareja que tienden a repetirse, o que provocan en nosotros reacciones intensas, ¿se parecen en algo a situaciones del pasado?

Esto sería señal de que estamos reaccionando a algo anterior a la pareja, perteneciente al pasado y que tiene poco que ver con nuestro cónyuge en el presente. Una vez que vemos claro cómo contribuimos a mantener el problema, podemos iniciar el tercer paso en la mejora de la relación, que sería el escoger un «acto de valentía», un pequeño paso en dirección distinta de la que hemos seguido hasta ahora. Antes de ello, sin embargo, debemos reflexionar sobre si verdaderamente estamos dispuestos a asumir los riesgos del cambio, y sobre si éste es el momento apropiado para ello. Quizá nuestra pareja no funcione muy bien si sigue como hasta ahora, pero al menos así pisamos terreno conocido. Si trabajamos en una mayor «diferenciación» de nuestro «Yo» y en nuestra autoafirmación, el cónyuge puede acabar haciendo lo mismo, con lo que la relación se robustecería; o puede que el otro no tenga la capacidad o el deseo de adaptarse al cambio, y la relación se rompa. Por ello es importante ir dando pasos y asumiendo riesgos poco a poco, e iniciar esta nueva forma de estar en la relación con la convicción de que lo hacemos por nosotros mismos.

Debe ser un cambio motivado por un deseo auténtico de crecimiento personal, y no una «estrategia» para intentar cambiar al otro o para «castigarlo». Por ejemplo, una mujer que quiere dejar de centrarse exclusivamente en su matrimonio y desea emprender nuevas relaciones de amistad, debería hacerlo movida por su deseo de crecimiento personal, no como una forma indirecta de conseguir la atención de su marido o de decirle: «ahí te quedas». Hacerlo así sólo conseguiría prolongar el problema.

Una vez que hemos decidido que es el momento de emprender el cambio, podemos empezar por escoger alguna acción pequeña que rompa el «círculo vicioso», que sea distinta de lo que solemos hacer habitualmente. La clave del cambio es hacerlo muy poco a poco, planteándonos metas modestas y mediante acciones que no nos provoquen una gran ansiedad. Por ejemplo, para definir nuestro «Yo» podemos empezar por no quedarnos callados ante temas o asuntos que son importantes para nosotros, si es eso lo que solíamos hacer anteriormente. En lugar de empezar por la situación más difícil o el tema más conflictivo, deberíamos ir practicando en situaciones menos relevantes. Podemos, quizá, romper el silencio respecto a un tema tabú preguntando a personas de nuestro entorno acerca de sus experiencias y opiniones en ese tema.

Otra tarea enriquecedora, que nos daría una mejor perspectiva sobre nosotros mismos y nuestras relaciones, sería la de aprender más sobre nuestra familia de origen, es decir, tener más información sobre cómo nuestros padres u otros miembros de la familia se enfrentaron a situaciones similares a las que nos enfrentamos nosotros en la actualidad. Cuanto más sepamos de sus experiencias, más claridad tendremos sobre ellos y sobre nosotros mismos, y será menos probable que repitamos sus mismos errores.

En cuanto a las pautas «atascadas» de la relación, sólo nos atreveremos a cambiarlas si partimos del convencimiento de que, por mucho que lo hayamos intentado, hasta ahora no nos han funcionado.

Si somos perseguidores, podemos, por ejemplo, dar pequeños pasos para centrar en nosotros mismos parte de esa energía que estamos empleando en perseguir al cónyuge. Si nos sentimos poco entendidos, es hora de que hagamos algo especial por nosotros mismos, en lugar de esperar que el otro lo haga por nosotros. Si tenemos tendencia a solucionarles los problemas a los demás, podríamos elegir algún pequeño problema o conflicto en el que, por una vez, no vamos a intervenir. También podemos empezar a cambiar la imagen de persona super-competente que damos al cónyuge, al que indirectamente hacemos sentir incompetente, si compartimos con él algún asunto sobre el que tenemos dudas o necesitamos ayuda.

Sean cuales sean los nuevos pasos que demos en la relación, debemos estar preparados para las resistencias, es decir, las «fuerzas», tanto externas como internas, que van a «tirar» de nosotros en dirección contraria al cambio.

No debemos sorprendernos si el otro presiona, más o menos sutilmente, para que continuemos haciendo lo mismo de siempre. Por ejemplo, el cónyuge que se queja de que el otro «le agobia», seguramente le acusará de falta de cariño o de compromiso cuando éste deje de perseguirle y dedique más tiempo a sí mismo o a otras relaciones. Si no estamos preparados para ellas, este tipo de reacciones pueden provocar una gran inseguridad y confusión, precisamente en un momento en que estamos pisando terreno desconocido. Podemos interpretarlas como un señal de que nos hemos equivocado de camino, cuando en realidad están indicando que hemos «dado en el clavo».

Por último, debemos prever que. una vez iniciado el cambio, vamos a «echar de menos» nuestra forma de actuar anterior, y una «fuerza» dentro de nosotros va a empujarnos a retroceder. Quizá, por ejemplo, al dejar de sacrificar siempre nuestras opiniones o deseos «por el bien de la relación», echemos de menos la falta de riesgo que suponía el acomodarnos a los demás y no tener que plantearnos qué es lo que realmente queremos o pensamos.

El proceso que acabamos de describir es largo y arriesgado. Si algo hay que tener en cuenta a la hora de intentar cambiar una relación de pareja que no marcha, es que debemos estar preparados para los obstáculos, tanto internos como externos, y que debemos movernos siempre en el camino de una mayor autoafirmación y «diferenciación». De esa forma, podremos aportar mayor riqueza a la relación.” (Si es eso lo que realmente queremos)

Sobre artículo de
Alicia Moreno
Psicóloga clínica
Universidad de Comillas

viernes, 16 de noviembre de 2012

Autoconciencia contra Descalificación

No es la primera vez, como ya saben los que siguen con asiduidad nuestro Blog, que abordo el tema de las condiciones imprescindibles para lograr los cambios significativos en la vida, que ayuden a crear las condiciones para vivir en un estado de satisfacción necesario y suficiente en aras de nuestro equilibrio personal.

Todos nos quejamos de cómo nos va, gastando una energía inmensa lamentándonos, porque el miedo ante lo que se avecina, o lo que uno tiene encima, o lo que otros tienen y seguro que nos vendrá..., está caminando hacia nosotros. Los problemas nos abruman y con nuestra pareja más todavía. Esto es verdaderamente imposible de solucionar..."Quiero ser feliz...", "Me agobia...", "No es como me gustaría...", "No me siento libre..."

Esto les resulta familiar, ¿verdad?
Pero no andamos. Estamos parados lamentándonos sin saber que todo proceso de cambio (personal) comienza con un darse cuenta, con un "ver" la situación, sentirla. Es lo que podemos traducir como la toma de conciencia (pero de verdad) del curso y transcurso de nuestra existencia individual: LA AUTOCONCIENCIA.

Sabemos que nos duelen las cosas; el cuerpo y hasta los poros de la piel nos están avisando de que algo no funciona bien y nos negamos a querer situarnos ante nuestro espejo y hacer un STOP necesario para localizar donde están las riendas de la vida y del equilibrio emocional que hemos perdido. Queremos que sea el otro el culpable de nuestra situación...e insistimos en ello, pero somos tan poco autoconscientes de la verdadera situación que instimos en ver más allá lo que tenemos más acá.

Emilio Jorge Antognazza, en su libro (que les recomiendo porque es una verdadera joyica) "¿Qué estoy haciendo con mi vida?, nos comenta al respecto de este tema que creo necesario abordar: " Desde los hechos más simples ("hay una mancha en mi pantalón"), hasta los más complejos (" hay veces de que me doy cuenta de que mi vida no tiene sentido"), requieren, para ser cambiados, una forma de conciencia.

¿Qué puede pasar luego de esa toma de conciencia? Dejamos de ser inocentes. Tenemos que actuar para resolver el conflicto, y este actuar puede provocarnos nuevos problemas.
Para evitar sentir el dolor que produce ese darse cuenta de los propios problemas y rehuir el compromiso y responsabilidad por las acciones para resolverlos, algunas personas intrumentan, la mayoría de veces sin saberlo, un mecanismo de defensa llamado DESCALIFICACIÓN O DESESTIMACIÓN.

¿Qué es esto?...Esto quiere decir: no ver el problema, quitarle importancia, rechazarlo, devaluarlo, renegar de eso, excluirlo, negarlo.

El pensamiento positivo tiende justamente, a consolidar ese mecanismo. Frases tales como "no pienses en eso", "ya va a pasar", "todo está bien", "hoy va a ser un buen día", "tienes que consolarte, la vida continúa", "sonríe, sonríe", etc., le quitan importancia al conflicto o situación problemática, lo cual obstaculiza su resolución.

Dada una situación, ¿qué es lo que se descalifica?

Imaginemos a cuatro amigos quienes, reunidos en un bar, se cuentan sus problemas sentimentales. Julian ni siquiera percibe las señales que su mujer le envía y que significa que algo anda mal entre ellos. Pedro, en cambio, sí las percibe pero les dice a sus amigos que es cosa de mujeres y que ya se le pasará. Carlos toma conciencia de la crisis matrimonial pero declara que él se siente incapaz de hacer algo. Héctor afirma, sin dudar un instante, que cuando se presenta un problema de esta naturaleza ya nada puede hacerse.

Estos cuatro hombres, cada cual con su estilo, no quieren hacerse cargo de que existe un problema (Julian), de que el problema tiene una significación (Pedro), de que es posible resolverlo ya sea con recursos propios (Carlos) o con ayuda externa (Héctor). En definitiva, cualquiera que sea el tipo de descalificación, el problema se mantiene sin resolver.

En síntesis:

Se puede descalificar varios aspectos de una circunstancia:
1. La misma circunstancia: "eso no está sucediendo" (No queremos, nos negamos a ver el problema)
2. La importancia de lo que ocurre: "no te preocupes, esto no es nada."
3. La capacidad propia para resolverla: "no puedo hacer nada."
4. La resolución de esa situación: "nada se puede hacer, nadie puede ayudarme."

La toma de conciencia de un hecho que nos perturba y la aceptación de su existencia es la primera condición para promover un cambio, (y se agrava tal vez la situación, porque esta misma palabra -cambio- ya de por sí, a algunas personas les produce en sí mismo un profundo rechazo o miedo). Esta autoconciencia posibilita que una persona comience el camino hacia una transformación de sus condiciones de vida.

Recordemos, entonces, que para que puedas empezar a cambiar esas circunstancias que te hacen infeliz, lo primero que tienes que hacer es ver, sentir, reconocer tanto tu estado de infelicidad como la o las causas que lo motivan."

lunes, 5 de noviembre de 2012

El pozo emocional

Otro artículo interesantísimo y reflexión crucial les dejo, de la mano de nuestra colega Graciela Large, que como siempre ahonda en la interioridad de nuestro ser. Ese que nos cuesta sacar y al que llegar para conocer nuestras mínimas reacciones de nuestra propia alma. Ese interior que se nos pierde en la distancia y que nos sugiere que le sigamos para encontrarnos, pero del que casi siempre huimos por no enfrentarnos a nuestro propio espejo que nos muestra verdaderamente quienes somos. Y nos ayuda…, y nos quiere ayudar pero somos nosotros lo que no escuchamos su voz cálida, expectante y tan directa y cruda que también nos asusta de una manera real.

Limpiar el pozo emocional, como dice Large, es lo que nos toca experimentar cuando un día descubrimos que nos ha podido el resentimiento. Una limpieza que a veces nos revela que el alejamiento o la evitación hacen más patente el autodesprecio.

Este artículo lo subtitula “crece…crece…crece…resentimiento”

Cuando algo se espera por lo general se guarda dentro y callamos. Aguardamos con la expectativa de que se cumpla. Elaboramos una petición bajo la premisa de que es justo aquello que deseamos, y por lo general, como la norma es no recibirlo, sobre todo en pareja, nos resentimos.

Casi siempre el comportamiento es inapropiado para aquellos que esperan algo y se dilata con el tiempo: que se nos pida perdón, que cambie, que esté más próximo, que actúe con responsabilidad o que nos haga su socio.

A veces sólo consiste en esperar que se nos acepte y se nos quiera porque somos su madre, maestro, esposo, amigo, o compañero de trabajo. Y no pasa. Todo lo contrario. Parece que todo se confabula para alejar la posibilidad.

Es más, ese otro, no sólo deja de cumplir nuestras expectativas sino que además nos muestra con su comportamiento ciertas actitudes que no soportamos y, que por lo general, si nosotros caemos en ellas, las miramos con condescendencia, pero las vivimos rematadamente mal si las hace aquel de quien esperamos algo.

Puede ocurrir por ejemplo que hacemos un favor a alguien en apuros, y luego su comportamiento deja en entredicho nuestra recomendación. Es el caso de Juan que hace poco consiguió a un familiar dos trabajos y sin embargo, por un problema con la bebida le echaron de ambos.

Durante meses se guardó dentro todo su malestar, sin dejar de rumiar su disgusto. Le resultaba imposible dejar de ver a ese familiar como una persona irresponsable que le había fallado. Y ese es el sentimiento que experimentamos cada vez que percibimos al otro como alguien equivocado.

Y en esa percepción se esconde una interesante actitud: la incapacidad para respetar la libertad del otro hasta para equivocarse. Para vivir conforme quiere aquello que necesita.

En el caso de Juan quizás con un aviso habría bastado. Seguramente conocía el histórico de su familiar y llegar a ciertos acuerdos antes de dar el paso de recomendarle le habría ahorrado el disgusto.

El ejemplo nos vale para que contemplemos los efectos que tiene en nuestro ánimo la petición encubierta del tipo que sea. La demanda está en el inconsciente colectivo y se vive como justificada: quiero una pareja para que me quiera; un socio para que me dé poder; una amiga para que me acompañe.

Sin embargo pedir aporta sensación de carencia, convirtiéndonos en personas apegadas y poco desprendidas. La clave para salir de la dinámica mundial de sentirnos con resentimiento y además sentirnos carentes, se basa en dar activando lo que pedimos.

Un mundo en donde cada uno da desde lo que es, sin forzar a nadie en su libertad, nos permite descubrir que cuando coincidimos somos ricos en vivencias, conocimientos y afectos. Y sin olvidar que a muchas personas les gusta vivir su soledad llena de ellos mismos.

lunes, 1 de octubre de 2012

Mi yo alternativo hacia el equilibrio

Estoy convencido de que el subconsciente jamás borra pero es muy factible y capaz de sustituir, reemplazar esos pensamientos que nos inhabilitan para un correcto desarrollo de nuestro equilibrio emocional, y en definitiva, ese estado que nos hace vivir sin sumergirnos en una crisis vital tal que no podamos ver más allá de todo aquello negativo que nos pasa.

Vivir es eso: situaciones que nos son adversas y otras que nos favorecen. Pero a veces nos empeñamos en adentrarnos en todo lo que nos es negativo; como si nos gustara airear en nuestra alma esa sensación de victimismo que nos atenaza hasta hacernos desear lo peor, sin llegar a ser conscientes de que si nos centramos en lo negativo nos llega más negativo

Los pensamientos negativos están allí y para poder quitarles su poder es necesario cambiarlos por su contrario, o sea, por un pensamiento positivo. Pero también soy consciente de que no es fácil si no estamos convencidos de que esta técnica necesita de mucha observación, introspección y consejos de otras personas sobre lo que uno no puede ver respecto a sí mismo, haciendo que el pensamiento negativo refleje “la realidad”. Y la técnica continúa haciendo que una vez que se sepa cual es este pensamiento negativo, escribir una afirmación positiva que lo cambie.

Así que la primera técnica consistirá en:
“Contrarresta los pensamientos negativos con afirmaciones que cambian su sentido”

Ahí va un ejemplo:

“Imagínate que eres una persona que no es muy aceptada en la sociedad o en tu lugar de trabajo. Y está claro que es porque las formas, el trato, la energía que irradias no agrada a las personas que tienes a tu alrededor.”

El pensamiento negativo que se asume constantemente es que “nadie me quiere y todos me huyen y soy sumamente desgraciado y la soledad me abruma. No soy aceptado, pero me da igual, allá ellos, son unos…”

A la gente se le aleja por los propios miedos de uno, en cambio, aunque nos lamentamos, seguimos “viviendo” en ese pensamiento recurrente negativo que nos empobrece vital y emocionalmente.

Una afirmación positiva para este pensamiento negativo seria:”Yo soy una persona feliz, segura y agrado a las personas que me rodean.”

Esta especie de “mantra” persigue sustituir un pensamiento por otro porque debes escribir y repetir verbalmente esta afirmación hasta que forme parte de ti y te haga reestructurar, cambiar, las conductas que te llevan a los pensamientos negativos.

No esperes que estos cambios a nivel mental ocurran sin tener que cambiar cosas en el exterior puesto que es justamente el cambio interno lo que genera el cambio externo. Negarse a cambiar ciertas cosas, las cuales sientes que debes cambiar, es lo mismo que dejar que los pensamientos negativos ganen una batalla.

Una vez que llevas tiempo con tus afirmaciones empiezas a verte más al espejo y a notar cosas que quizás sean desagradables a las demás personas, quizás descubres, volviendo al ejemplo de la persona que se siente rechazada por los demás, que en realidad siempre andas con un mal aliento por tu falta de higiene dental. Quizás ahora te das cuenta que debes cambiar eso, haces un esfuerzo, vas al odontólogo y resuelves tus problemas de aliento.

Ya llevas un punto ganado en contra de tus pensamientos negativos, y muy probablemente notes el cambio en las demás personas también. Esto parece trivial pero te aseguro que los cambios en tu mente te llevan a descubrir demasiadas cosas triviales que estaban perturbando tu deseo.

Lo que realmente es necesario para quitar la influencia de tanto negativismo es descubrirse uno mismo; tener el valor de mostrarse ante el espejo, ante la propia realidad, sin eufemismos, sin negarse a ver lo que realmente los demás ven en nosotros y por eso reaccionan como lo hacen.

Además de lo antedicho, quiero haceros reflexionar sobre una serie de pensamientos negativos que proceden de una sensación muy generalizada hoy en día: El sentimiento de culpa.

“El sentimiento de culpa simplemente nos encierra en un círculo masoquista que se hace cada vez más estrecho. En muchas ocasiones el sentimiento de culpa llega a ser tan fuerte que provoca signos físicos como la sensación de presión en el pecho, el dolor de estómago, un fuerte dolor de cabeza y sensación de peso en los hombros. A esto se le suman los pensamientos recurrentes de autorreproche, agresividad hacia uno mismo y un fuerte desasosiego.”(Jennifer Delgado. 2011)

También podemos poner un ejemplo de estas sensaciones que crean pensamientos recurrentes negativos que nos impiden estabilizarnos, por ejemplo, la madre que experimenta sentimientos de culpa porque estaba en el trabajo mientras el hijo sufría un accidente doméstico bajo la supervisión de la cuidadora. La lógica nos indica que ella no tenía forma de presuponer o evitar el accidente y que necesita trabajar para poder mantener la familia, por ende los sentimientos de culpa son totalmente infundados. En muchas ocasiones la clave para eliminar la culpa radica en saber repartir las responsabilidades asumiendo aquella cuota que nos corresponde, pero no más allá.
Tu mente es tuya, ponla a trabajar en tu beneficio y a tu servicio en la dirección de tu mejor equilibrio emocional.

Juan José López Nicolás
Datos basados sobre el libro
“El Cambio está dentro de mi”

jueves, 6 de septiembre de 2012

Historia didáctica del bambú japonés

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: “crece, maldita seas!”

Algo muy curioso sucede con el bambú japonés, que lo transforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un agricultor inexperto estaría convencido de haber comprado semillas estériles.

Sin embargo, en el séptimo año en un período de sólo seis semanas, la planta de bambú crece más de 30 metros! ¿Tardó solo seis semanas en crecer? No. La verdad es que le tomó siete años y seis semanas desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitían sostener el crecimiento que iba a tener después. Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo.

Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente, justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.

Es tarea difícil convencer al impaciente que sólo logran el éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.

Es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos (que todos tenemos), debemos recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que en tanto no bajemos los brazos, ni abandonemos por no “ver” el resultado que esperamos, pues así está sucediendo algo, dentro de nosotros estamos creciendo, madurando.

Quienes no se rinden, van gradual y progresivamente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice. El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación, un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros

miércoles, 1 de agosto de 2012

Comprender el suceso, el fenómeno


Cada paso que uno da en la vida le hace enfrentarse a multitud de sensaciones, experiencias y, sobre todo, emociones que a veces uno no acierta a explicarse. A veces se siente que cuando uno quiere querer y ama a una persona parece que el temor a perderla, los miedos y las inseguridades bloquean el sentido y sacan las expresiones más intempestivas y desacertadas que parecen reflejar lo que se lleva dentro aparentemente sin solucionar.

Sé que observo, transito mi interior para ver qué pasa con él, pero yerro al ponerme delante de la observación sin haberme colocado simplemente por encima, con perspectiva, fuera de ella, con el objetivo de verla y saber qué me pasa y porqué me pasa (sin olvidar en absoluto el “para qué me pasa”)

Se me queda dentro una amarga sensación de inmovilidad, de involución, al sacar los pensamiento y convertirlos en palabras de la manera más deslucida, y no es mi intención, y se me malinterpreta. Aún así y aprendiendo de lo experimentado, vuelvo a ser consciente de que temo lo que no comprendo, y no comprendo lo que no me atrevo a mirar y observar para que salga de una vez por todas. Porque eso puede conmigo de tal manera que irracionaliza mis pensamientos que duelen al cobrar entidad que tal vez yo mismo les otorgue; porque no comprendo…

Y se sufre porque no obtenemos nuestro sitio que hemos de ocupar, siendo uno mismo el que se coloque en él y no dando el poder a nadie para que lo haga. Pero no comprendo y eso asusta porque no se domina la intensidad con la que uno ha de vivir su propia vida.

Hay quien dice que Comprender pasa por conocer los movimientos psicológicos del individuo y las reglas universales de la convivencia humana. En definitiva son los dos sentidos que conforman la esencia del ser humano: una interna y otra externa. Es decir, que tanto el interior como el exterior deben ser conocidos y comprendidos para erradicar de alguna manera ese sufrimiento que a todos nos toca en alguna medida.

Durante unos días se ha puesto en mi camino una poderosa reflexión ante las vivencias últimas que tratan de que aprenda que es necesario observar cómo son los demás y lo que realmente podemos esperar de ellos, así como introducirme en el interior de mi más profundo yo para ver la trascendencia de mi vida junto a las suyas. Porque cuando entienda estos dos grandes puntos, cuando comprenda su grandeza, cuando “simplemente” comprenda, la voluntad emerge y con ella la acción asumida, firme y clara o, por qué no, el freno para hacer o decir lo que proceda según el contexto.

En definitiva, y cuesta lo suyo, el problema viene de la misma incomprensión del mismo, tengo el problema porque no comprendo el problema,  lo que hace ver que la comprensión requiere energía, una investigación y un compromiso profundos de las leyes sociales y biológicas del individuo. La vía es ponernos en el camino y aunque se caiga y haya errores, estar en ese camino ya es bueno en sí mismo.


Juan José López Nicolás